Europa

Decubriendo Petrogrado y la Sangre derramada en San Petersburgo

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Pedro I planeó construir una ciudad a estilo y semejanza de las grandes capitales europeas que tanto admiraba. Quería modernizar Rusia y aplicó en esa nueva ciudad todos los conocimientos que había adquirido en sus viajes por Europa. La primera piedra de esa nueva ciudad se puso en la isla de Zayachi donde en 1703 erigió la fortaleza de Pedro y Pablo.

Durante los años que duró la materialización de su sueño, hizo edictos en los que llegó a prohibir la construcción de otras edificaciones para que todos los materiales y arquitectos fueran empleados solo en San Petersburgo. Llegó a tal extremo que si uno quería entrar en la ciudad tenía que hacerlo con una piedra bajo el brazo para ayudar en la construcción. Ni que decir tiene, que durante ese proceso miles de personas perecieron a causa de las extremas condiciones de trabajo. Todo por el sueño del zar.

A unos cinco minutos de la estación de metro de Gorkovskaya (Горьковская) se encuentra la isla Zayachi. No era lo planeado para esa mañana, porque nuestra intención inicial era hacer el Peters Walk, que Marc Serena me había recomendado, pero providencialmente esa mañana no nos sonó el despertador. Y digo providencialmente porque toda la mañana nos acompañó un aguacero que no hubiera facilitado el paseo.

Tras atravesar el parque de Alexandrovski, cruzamos un puente hasta la fortaleza. Desde este puente, los visitantes intentan conseguir fortuna lanzando una moneda hasta el pedestal de la estatua de un conejo que hay en el río. Y en el agua, un hombre encuentra la fortuna recolectando todas las monedas que se han caído al agua.

El bastión es el monumento más antiguo de la ciudad y actualmente acoge diversos museos y la catedral de San Pedro y San Pablo. La entrada al recinto es gratis, pero dentro hay muchos edificios donde hay que pagar para entrar. Hay una entrada combinada por 350 rublos que incluye la entrada a la catedral, el museo del cosmonauta, el bastión de Trubeztkoy, el Museo de Historia de San Petersburgo y Petrogrado, y el Museo de Historia de la Fortaleza de Pedro y Pablo. Esta entrada vale para dos días, pero no incluye algunos miradores, el campanario de la catedral y algunos museos como el de la tortura medieval.

Pasear por el recinto de la fortaleza es muy agradable y todo está muy cuidado. Al final solo compramos la entrada a la catedral de San Pedro y San Pablo y alquilamos una audio guía en español, que fue todo un acierto.

La catedral de San Pedro y San Pablo tiene un interior muy decepcionante. Aunque el exterior parece prometer un interior sorprendente, acabó por no cumplir las expectativas. Es de estilo barroco europeo, nada parecido a las iglesias ortodoxas, y alberga los restos de los zares rusos (a excepción de Pedro II e Iván VI). Los últimos en ser enterrados allí fueron la última familia imperial rusa en el año 1998, aunque muchos rusos no acaban de creerse que los cuerpos enterrados realmente pertenezcan a la familia de Nicolás II.

A unas horas determinadas se puede subir a la torre del reloj pagando una entrada aparte. Pero como las horas no coincidían con nuestra visita, decidimos seguir paseando por el bastión.

Más que para defender a la ciudad de posibles invasores, esta fortaleza se usó sobre todo como cárcel. Pagando una entrada aparte o la conjunta se puede visitar el baluarte Trubetskoy donde hasta 1917 se encarceló a delincuentes y conspiradores.

Siguiendo el perímetro de la fortaleza, llegamos a la puerta del Neva, que conduce a un embarcadero en el río. De allí es de donde partían los prisioneros para ser ejecutados o ser enviados al exilio. Se puede acceder al embarcadero gratis y si paseamos por el lateral podemos tener una bonita panorámica del Ermitage.

Salimos de la fortaleza para seguir nuestra ruta por la zona de Petrogrado, donde destaca la cabaña de Pedro, una pequeña casita en la que se instaló Pedro I para supervisar las obras de la fortaleza. Se considera el alma de la ciudad y el edificio más antiguo acabado de San Petersburgo. Acabamos refugiándonos en el porche del tremendo aguacero que estaba cayendo, pero no entramos, porque como casi todo en San Petersburgo, hay que pagar (70 rublos) y llega un punto en el que priorizas las visitas.

Lo que sí es gratis es el crucero Aurora, un crucero de la guerra ruso-japonesa que data del 1900 y que desempeñó una función clave en la Revolución de Octubre cuando lanzó unas salvas que desmoralizaron a los defensores del Palacio de Invierno. Lástima que no nos fijamos en que los lunes está cerrado al público, porque así nos hubiéramos ahorrado la molestia de acabar con los pantalones mojados hasta las ingles.

De regreso a la estación de metro de Gorkovskaya, paramos un momento para apreciar la mezquita que se erigió a imagen y semejanza de la del emir Gur en Samarcanda. La mezquita estaba cerrada, pero aun así vale la pena disfrutar de sus detalles azulados si no se ha estado aún en Uzbequistán.

Cicerones de lujo: Paco y Nastia

A las tres y media habíamos quedado con Paco y Nastia. Durante el curso de ruso que organizó Amu Daria, tuve la suerte de conocer a una estudiante de ingeniería que era de San Petersburgo y me dijo que si quería me podía pasar el contacto de una amiga que vivía allí. Siempre es mucho mejor visitar el país con alguien autóctono, así que me puse en contacto con ella sin dudarlo.

Video: primera guerra mundial, una historia real. el documental. (Abril 2020).

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