Europa

Dos días en Varsovia: guía de una escapada de fin de semana

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A principios de octubre de 2017, hicimos una breve escapada de fin de semana a Varsovia. Dos días en los que descubrimos una ciudad vibrante, cargada de historia y habitada por un pueblo capaz de reconstruir una ciudad entera desde cero. Si os apetece pasar dos días en Varsovia en este post os explicamos, qué visitar, cómo moverse por Varsovia, qué y dónde comer.

Varsovia tiene dos aeropuertos. El más cercano al centro de la ciudad es el Varsovia Chopin, hasta este aeropuerto volamos con Norwegian. Se puede acceder con autobús de línea, tren o taxi. Al llegar por la noche optamos por el taxi.

En el aeropuerto, hay taxis oficiales en la salida. La bajada de bandera son 8 zloti y luego se cuentan 2 zloti por cada kilómetro, con un máximo de 40 zloti hasta el centro. Sobre todo no toméis taxis que no sean oficiales.

Ryanair vuela hasta el aeropuerto de Varsovia Modlin, que está a unos 35 kilómetros del centro de Varsovia. La mejor manera de llegar es con el Modlinbus, que sale del aparcamiento justo al lado del Palacio de la Cultura y la Ciencia. Lo compramos el día antes por internet y nos costó 33 zloti cada uno. Es muy recomendable comprar el billete de bus con antelación para asegurarse la plaza. El bus tarda unos 45 minutos entre el centro de Varsovia y el aeropuerto Varsovia-Modlin.

Como decidimos tomar un taxi hasta el hotel cambiamos moneda en el aeropuerto a la salida. Allí nos compraron 1 euro a 3,68 zloti. Sorprendentemente el cambio en el aeropuerto era mejor que en el centro de la ciudad. Sin embargo, en casi todos los sitios pudimos pagar con tarjeta de crédito, así que casi lo único que pagamos fue el taxi en efectivo.

Buscamos un hotel muy céntrico, el Mamaison Residence Diana. Está a unos minutos de la estación central de tren y de Palacio de la Cultura y la Ciencia. Reservamos un habitación tipo apartamento que era enorme y que tenía todo tipo de comodidades. La habitación nos costó 191€ la dos noches y no incluía desayuno. Lo mejor sin duda era la localización que estaba muy bien situado.

Nos movimos básicamente andando. Al tener el hotel tan céntrico fuimos a casi todos lados a pie. Solo tomamos un tranvía para volver del restaurante Stary Dom en el barrio de Mokotóv (a casi una hora andando de nuestro hotel). Los billetes se pueden comprar en kioscos donde pone bilety y en las máquinas expendedoras que hay en algunas paradas. El tranvía al que subimos también tenía una máquina que vendía billetes, pero desconozco si todos los tranvías las tienen. Las máquinas tiene el menú en inglés y se puede pagar en efectivo o con tarjeta de crédito. El billete sencillo de una zona cuesta 4,40 zloti y te da opción de hacer un transbordo en hora y media. Si se va a hacer un viaje corto, de un máximo de 20 minutos y sin transbordo, se puede comprar el billete que cuesta 3,60 zloti. Al subir al tranvía o al autobús hay que validar el billete.

Free Tour Old Town Varsovia

Al disponer de poco tiempo decidimos hacer un free tour por la parte antigua de la ciudad. Esta visita guiada “gratuita” se hace un par de veces al día y el punto de encuentro es en la columna de Segismundo. Nosotros hicimos el tour de las 10.30h y había guías en español y en inglés. Al final de la visita se deja la voluntad al guía.

La visita guiada de Walkative Tour empezó a los pies de la Columna de Segismundo III, situada en la entrada del casco antiguo de Varsovia. El guía, un chico llamado Bartosh, era muy simpático y llevaba un paraguas amarillo para destacar entre la multitud de turistas allí reunidos. Curiosamente, había un gran grupo de turistas españoles que ya había empezado su visita guiada en español con otro guía.

Después de las presentaciones, Bartosh nos contó que Varsovia existe como tal desde el siglo XIII, pero fue gracias al hombre de la columna, el rey Segismundo III, cuando empezó a cobrar importancia y a crecer mucho más. Y es que este rey trasladó la capital de Cracovia a Varsovia en el siglo XVI. La decisión se basó en dos motivos. El primero y más comprensible es que la situación de Varsovia le permitía controlar mejor el territorio de la Polonia de aquel momento, cuyos territorios cubrían un área cuatro veces más grande que la extensión actual del país. El segundo motivo, mucho más raro, es que Segismundo III era muy aficionado a la alquimia. En aquella época estaba muy de moda dedicarse a aquella protociencia cuyo objetivo principal era conseguir crear oro. Sin embargo, los experimentos alquímicos que el rey había llevado a cabo en su palacio de Cracovia habían terminado fatal. En una explosión, el rey se había cargado la mitad del palacio, así que para alejarse un poco de aquel bochorno, decidió establecer la corte más al norte, en Varsovia. Además, era una ciudad que prometía, ya que estaba junto a un río con mucho comercio fluvial y en medio de la ruta comercial entre las naciones del este y el oeste.

Justo frente a la Columna de Segismundo III se alza el palacio donde residió. Al principio perteneció a un duque, pero el rey lo aprovechó para ampliarlo y ya puestos quedarse a vivir allí. El llamado castillo real fue destruido casi por completo durante la Segunda Guerra Mundial, y durante el gobierno comunista permaneció en ruinas durante 40 años. Sin embargo, más tarde se debatió reconstruirlo y al hacerlo los arquitectos tuvieron dudas: ¿debían reconstruir el castillo medieval, el palacio renacentista o el palacio neoclásico posterior? Como no se pusieron de acuerdo, al final se reconstruyó un poco de todo. Por eso, cuando entras en el patio del castillo puedes ver que las fachadas en los cuatro lados parecen un patchwork de varios estilos. Finalmente, la historia de la realeza polaca terminó a finales del s. XIX cuando decidieron que no lo necesitaban para nada y Polonia se convirtió en una república. Hoy en día, el castillo es un museo y puede visitarse las estancias interiores también reconstruidas. Al parecer, el interior es más auténtico que el exterior, porque antes de la guerra, muchos polacos escondieron un gran número de objetos del palacio para evitar el expolio de los nazis y tras la guerra se recuperaron casi todos para restaurar el interior.

La visita continuó hasta que llegamos a una calle repleta de casas antiguas de varios pisos con fachadas de distintos colores. Según nos contó Bartosh, durante la Segunda Guerra Mundial Varsovia quedó reducida a escombros, de modo que todo el casco histórico en realidad está reconstruido. No obstante, lejos de restarle valor, esto tuvo mucho mérito porque todo el barrio volvió a restaurarse en los años 50 en cuestión de solo 7 años. Tal fue el esfuerzo de los varsovianos por recuperar el casco histórico anterior a la guerra, que la UNESCO lo declaró patrimonio de la humanidad.

Por el camino, el guía nos contó una costumbre curiosa de las bodas polacas. Después de salir de la iglesia, los habitantes de la ciudad pueden formar barreras humanas para impedir el paso de los novios hasta el lugar del banquete. Y es costumbre que la pareja de recién casados deba sobornar a las barreras humanas regalándoles botellas de vodka para que les dejen pasar.

En la Plaza Kanonia nos encontramos con una gran campana de bronce rojo en el suelo. Cuenta la leyenda que a finales del s. XVII se forjó esta campana y, ya ves qué cosas, el primer día que la hicieron sonar se hizo añicos. Pero los varsovianos no se dejaron amedrentar por esta desgracia, sino que recuperaron los pedazos y los reforjaron. Por eso hoy la campana parece un puzzle recién hecho. Además, ocurrió algo misterioso: la gente del barrio que había contribuido en esta reparación se salvó de una epidemia que azotó la ciudad poco después y acabó convirtiéndose en los alcaldes, concejales y gente importante. Cuando corrió la voz, la campana se consideró un amuleto de la buena suerte. Y aún hoy en día mucha gente le pide deseos. Para ello hay que tocar el extremo superior de la campana mientras se da la vuelta alrededor en el sentido horario.

Poco después llegamos a la plaza del Mercado. Es un espacio abierto muy bonito, ya que está rodeado de casas de aspecto antiguo muy pintorescas. Es un lugar realmente fotogénico. Aquí era donde antaño se celebraba el mercado, que era bastante importante porque Varsovia estaba en medio de la ruta de comercio fluvial por el río Vístula y de la ruta comercial este-oeste antes mencionada. En el centro de la plaza se alza el monumento a la sirena de Varsovia. Es una estatua de una sirena armada con una cimitarra y un escudo que forma el emblema de la ciudad y puede verse en muchas otras partes.

Según cuenta la leyenda, esta sirena fue la hermana de la de Copenhagen. Pero al contrario que la hermana menor, la de Varsovia siguió viajando por los mares hasta subir río Vístula arriba y llegar a la antigua Varsovia. Allí se hizo muy famosa debido a la belleza de su canto, que era capaz de obnubilar a todo el que la escuchara. Su fama se extendió y uno de los mayores terratenientes de la zona ordenó a dos pescadores que la trajeran a su palacio para que cantara solo para él. Sin embargo, cuando estaban a punto de entregarla, uno de los pescadores le pidió a la sirena que cantara porque quería saber qué estaba a punto de perder para siempre. La música de su voz le dejó convencido de que debía liberarla, así que el pescador curioso atizó al otro y salvó así a la sirena. Pero, pero, la chica medio humana medio pez le dijo al pescador que no pensaba quedarse por allí a menos que pudiera sentirse a salvo, así que el hombre le dio una espada y un escudo para defenderse. Y agradecida, la sirena le anunció que, siempre que la ciudad estuviera en peligro, podrían llamarla y ella acudiría en ayuda de los varsovianos. Milagrosamente, la estatua sobrevivió a la Segunda Guerra Mundial y hoy en día siempre puede verse en la plaza, rodeada de turistas.

Después de cruzar en diagonal toda la plaza, seguimos hasta llegar hasta ver un tramo de la antigua muralla de ladrillos rojos. En este punto se alza la barbacana, una fortificación que sobresalía de la muralla y donde había una de las puertas de entrada a la ciudad. En lo alto de los muros hay unos adornos metálicos donde montan guardia las palomas de forma permanente. Curiosamente, los polacos nunca llegaron a usarla para defender Varsovia. Pero cuando los suecos les arrebataron la ciudad y luego los polacos quisieron reconquistarla, se vieron obligados a luchar contra las defensas que ellos mismos habían construido. Ironías de la historia. Justo al otro lado de la barbacana a mano derecha hay un restaurante que casi no parece un restaurante. Se trata de uno de los «milk bar» de Varsovia. En estos restaurantes parecidos a cantinas se prepara comida tradicional polaca por un precio muy muy económico, pero normalmente no hablan inglés, solo polaco.

Más adelante paramos delante de la casa museo de la famosa científica Marie Curie, aunque en Polonia prefieren la versión polaca del nombre, con el apellido polaco antes que el de su marido francés: Maria Sklodowska-Curie. La historia de esta increíble mujer es apasionante, ya que no solo fue la primera mujer en ganar un premio Nobel, además fue la primera persona en tener un premio Nobel en dos categorías, física y química. Por si fuera poco, fue de las primeras mujeres en ser profesoras universitarias tras cursar sus estudios en la Sorbona de París, una de las primeras universidades que permitieron estudiar a las mujeres. Pero Marie Curie fue mucho más que una brillante científica, fue una mujer que desafió las convenciones de su época. Y en este museo de Varsovia pueden descubrirse más cosas de ella.

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