Europa

Fin de semana en Menorca con Baleària

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El año pasado visitamos Ibiza con Baleària y este año nos volvieron a invitar, esta vez para pasar un fin de semana en Menorca. Era la primera vez que visitamos la isla y disfrutamos de muy buen tiempo, lugares muy interesantes y muy buena comida. Si quieres ideas para un viaje a Menorca, te interesa esta entrada.

El ferry Martí i Soler de Baleària zarpaba del puerto de Barcelona el viernes por la noche. Es un barco muy grande de 165 metros de eslora, que lleva camiones, coches y mercancías además de pasajeros y en el momento de entrar y subir por las escaleras mecánicas parece que estés entrando en las entrañas de una ballena mecánica gigante. En recepción nos asignaron el camarote doble y luego fuimos a dar una vuelta por las tres cubiertas. Vimos la zona de las butacas de mayor calidad y, al probarlas, nos quedó claro que vale la pena pagar 15 euros más porque son muy muy cómodas. Por cierto, si te quieres llevar la bici, ¡es gratis! En la tercera cubierta vimos la piscina y en la zona de proa nos sorprendió un atardecer rojizo y rosado precioso sobre la ciudad de Barcelona.

Más tarde, fuimos a cenar al restaurante. Tiene una zona de self-service con paella incluida. Pero también tiene un servicio a la carta que está francamente bien. De entrante nos sirvieron un poco de pan y unos platos con queso curado, salchichón y jamón serrano bueno. De primero nos trajeron tres tipos de ensaladas: de atún, césar y cóctel de gambas con piña. Muy buenas. De segundo: dorada con una salsita muy rica o solomillo de ternera. Y de postre, nos dejaron escoger entre tarta de zanahoria, tarta Sacher para los chocolateros o tocinillo de cielo. Acabamos la cena totalmente satisfechos. Pero nos entró tanto sueño que fuimos directamente al camarote sin pasar por las películas del barco, los gin-tonics en el bar de popa, ni la luna sobre el mar.

El camarote nos pareció perfecto. El baño con algunas amenities y las camas bien cómodas, con luz en el cabezal para leer y enchufes para recargar los móviles. Una mesa con dos sillas, un poco de fruta y dos botellas de agua. La ventana daba al mar, pero como era de noche cerramos las cortinas.

El ferry hizo una parada en Alcudia, en Mallorca (aunque ni nos enteramos) y llegamos al puerto de Ciutadella a las ocho de la mañana. Antes de ir a tomar el café matutino en el bar, nos invitaron a subir a la cabina a conocer al capitán del barco, el señor Andrés, y ver cómo atracaba el ferry en el puerto con la seguridad y la habilidad de todo un veterano. Fue curioso ver cómo son los timones de los barcos, las pantallas de los radares y cómo está dispuesto todo para poder «aparcar» un mastodonte tan grande en el muelle sin problemas. Después del cafelito, bajamos a tierra firme.

La necrópolis de cala Morell

En el muelle nos estaba esperando un minibús con Vladimir y Joan, que iban a ser nuestro guía y conductor ese sábado. Hacía un día estupendo, y de camino a nuestra primera parada del itinerario, Vladimir nos fue contando detalles interesantes de Menorca. Esta isla tiene unos 44 km de largo por 22 de ancho, de modo que es muy rápido ir de un extremo al otro. Por el paisaje verde de olivos se entreveían unas construcciones piramidales hechas con piedras. El guía nos explicó que se llamaban «barraques» y que las usaban los agricultores para guardar los rebaños o los aperos de labranza. A mano izquierda de la carretera también pudimos ver unos «talaiots» unas elevaciones hechas también de piedras que servían a los antiguos menorquines para otear el horizonte y ver llegar a los enemigos. Estos oteros son los que dan nombre a la cultura talayótica, a la que pertenecen las construcciones de unos tres mil años de antigüedad que pueden verse por Mallorca y Menorca.

Al cabo de unos minutos, el minibús aparcó en la urbanización Sa Cala de la cala Morell, al noroeste de la isla, donde paramos a desayunar. El desayuno en este bar con piscina es como el de un hotel. Puedes servirte cereales, yogur, pastas, zumos, pan con tomate, queso y jamón. Un desayuno como está mandado.

Justo al lado hay un lugar de interés: una necrópolis usada por los primeros habitantes de la isla, consistente en unas 17 cuevas donde enterraban a sus difuntos. Es curioso que los hippies de los años sesenta llegaran aquí para disfrutar de la vida en la naturaleza y es increíble que tuvieran tan poco respeto por este legado arqueológico, ya que retiraron los centenares de esqueletos milenarios de las cuevas para hacerse sus hogares hippies en ellas (!). En fin, por suerte pudieron echarlos en los años ochenta y recuperar este espacio. Para más información sobre esta necrópolis, consulta el interesante artículo de próxima publicación sobre la cultura talayótica en Menorca.

Después, fuimos paseando para disfrutar de las vistas de la cala. En esta zona, las las casitas de la urbanización tienen que pintarse de blanco, incluso los tejados. Vladimir nos hizo fijarnos en las tejas que se usan para canalizar el agua de la lluvia, ya que la ausencia de ríos hace necesario aprovechar al máximo las precipitaciones para tener reservas de agua dulce. En el pasado, los techos de las casas se encalaban de modo que el agua se acumulara en depósitos y se volviera potable gracias al efecto de la cal.

Más adelante llegamos a unos acantilados espectaculares de 40 metros de altura que se elevan sobre las aguas turquesas y cristalinas de la costa. Los acantilados rocosos se pierden en la distancia mirando al este. A mano izquierda, puedes ver la preciosa cala Morell. Vimos varios salientes con escalerillas de mano para bajar al agua con comodidad. Y el mar era tan apetecible que nos hubiéramos dado un bañito sin pensarlo dos veces. Por esta parte había unos bungalows bastante impresionantes y se dice que Carlos Moià tiene uno aquí.

Visita a Ciutadella

La segunda visita del día fue un paseo por el casco antiguo de Ciutadella. Nos encantaron las casas pintadas de colores vivos, las tiendas, las terrazas, las plazas, los palacios del siglo XVII, la catedral y todos los rincones que el guía nos fue descubriendo. Había bastante animación hacia las diez u once de la mañana. Y ya empezaban a verse las primeras señales de la cercana fiesta de Sant Joan, pues en muchos balcones podía verse la cruz maltesa blanca sobre fondo granate.

Vimos la plaza d'es Born donde se hace el tradicional «jaleo» y donde algunos ya habían situado sus sillas para tener un lugar privilegiado donde ver todo el espectáculo de los caballos. La plaza está presidida por el Palacio del Almojarife, un palacio cuyos orígenes se remontan al gobierno árabe de las islas Baleares que también domina el puerto por el otro lado y que, actualmente, sirve de ayuntamiento. En la planta baja hay una oficina de información turística donde obtener mapas y recomendaciones. Pero si subes por la parte de atrás, puedes llegar a una terraza con unas vistas estupendas al puerto.

Donde el puerto se estrecha hasta un puente, un poco más allá verás una explanada donde se celebran los «Jocs des Pla» durante las fiestas de San Juan. Aquí se congrega una gran multitud de gente para ver a los jinetes enfrentarse en una serie de pruebas de origen medieval. Por ejemplo, una de ellas consiste en hacer pasar una lanza por unas anillas mientras se cabalga al galope.

Al volver a la plaça des Born, pasamos por delante del monumento que conmemora el saqueo de Barbarroja, un turco que arrasó la ciudad. Al otro lado, se inicia una calle comercial que se adentra en el casco antiguo de Ciutadella. Y justo en la entrada de esta calle hay dos palacios, uno frente al otro: el palau Salort y el palau Torre-Saura. Estos palacios señoriales son de principios de los siglos XVI-XVIII y pertenecieron a casas nobles que querían estar cerca del rey. Además, tenían una rivalidad entre ellas. En la puerta del palacio de los Salort puede verse el rostro de una mujer con un velo que le cubre los ojos. Al parecer, los Torre-Saura, cuyo palacio queda enfrente, entendieron que los Salort no los querían ni ver.

Siguiendo la calle Major des Born se llega ante la catedral de Santa María. Este templo fue una mezquita hasta el s. XIII y tras la conquista del rey Jaime se usaron los cimientos para hacer una iglesia en honor a la virgen. El campanario se hizo aprovechando el antiguo minarete y, ya que miras hacia arriba, fíjate en las divertidas gárgolas que adornan las alturas del edificio. En el interior destaca la Capella de les Ànimes, con un retablo de piedra de estilo barroco menorquín. Siguiendo por la calle principal puedes ver a mano izquierda la Puerta de la Luz, llamada así porque es la única por donde entra la luz del sol en la catedral. Pero si tomas el callejón a la izquierda de la catedral (Bisbe Torres), al cabo de unos metros podrás entrar por un portal a mano derecha que conduce a un bonito jardín, muy fotogénico. Es la entrada del palacio episcopal.

Luego vale mucho la pena callejear por la zona del casco antiguo alrededor de la catedral. Por ejemplo, desde la plaza de la catedral puedes ir por la calle que empieza ante la Puerta de la Luz, pasar frente a la església del Roser y llegar al palacio de Can Saura, también del barroco menorquín. Después, si sigues adelante y tomas la primera a la izquierda estarás en la calle «des Seminari» donde puedes contemplar el segundo palacio Saura y la iglesia del Socors, que es única con sus dos torreones y un claustro que alberga el museo diocesano. Si te fijas en el portal, podrás ver un demonio siendo castigado por la Ascensión.

Y justo detrás de la iglesia del Socors encontrarás la zona del mercado, con carnicerías, pescaderías y unas terrazas muy animadas y apetecibles con comida muy muy fresca. En general, todo el caso antiguo es perfecto para pasear, mirar tiendas y descubrir rincones con mucho encanto.

Para comer, un buen restaurante es el Cafè Balear, que está al final del puerto, muy cerca de la explanada que comentaba antes. Aquí, cualquier plato que elijas de la carta estará muy bueno. En nuestro caso, probamos la crep de marisco y de segundo bacalao. Espectacular. Para terminar, un brownie buenísimo. Aunque es un restaurante de gama tirando a alta, vale la pena comer aquí el mediodía o para cenar por lo menos una vez. Además, creo que se llena fácilmente en fin de semana, así que es mejor reservar con varios días de antelación por si acaso.

La naveta des Tudons

Nada más comer, nos fuimos a ver uno de los yacimientos arqueológicos más famosos de Menorca: la Naveta des Tudons. Esta construcción de grandes bloques de piedra situada muy cerca de Ciutadella es uno de los restos mejor conservados de la cultura talayótica de las Baleares y bien merece una visita. Además, tiene una leyenda muy interesante que te contaremos en la entrada dedicada a la cultura talayótica que publicaremos dentro de unos días.

Este sábado estaba siendo muy intenso para ser solo el primer día en la isla, ¡y todavía no ha terminado! Así que fuimos al hotel a dejar las maletas y descansar un poco. El hotel donde nos hospedamos está en una urbanización en el cabo de S'Algar, cerca del pueblecito de Sant Lluís y tiene el original nombre de… Port Blue San Luís. Es un hotel con piscina donde suele haber muchos turistas británicos.

Hacia las siete de la tarde, nos fuimos a ver la puesta de sol. Y un buen lugar para ello es uno de los lugares más únicos y conocidos de Menorca: la Cova d'en Xoroi. Está cueva está en un acantilado frente al mar e incluye un bar con zona lounge y una discoteca. Pero vayamos poco a poco para poder asimilarlo todo bien y darle la importancia que se merece. Primero: cueva en un acantilado. Esto es excepcional, y es que no hay muchas cuevas en acantilados. La entrada parece la típica de una discoteca, con zona de aparcamiento delante. Pero una vez entras, te encuentras frente al mar y unas escaleras labradas en la pared del acantilado descienden poco a poco hasta la entrada en la roca. Por el camino, hay un bar y una zona VIP que son balcones al mar, con cojines para tumbarse a lo grande y toldos para hacer sombra. Lógicamente, las vistas son espectaculares. Una vez en la cueva, pasas por un pasadizo ancho y llegas al bar discoteca, que tiene dos grandes balcones naturales al mar. Aquí puedes pedirte una típica pomada menorquina (gin con limón), ponerte las gafas de sol y contemplar la puesta de sol en el acantilado de la derecha.

En su origen, esta cueva no contaba con las escaleras para bajar hasta acceder a ella y, de hecho, nadie sabía de su existencia… ¿Preparado para una historieta? Vale, pues…

Cuenta la leyenda que unos piratas árabes naufragaron cerca del acantilado y uno de ellos logró nadar y trepar por él hasta dar con la cueva. Una vez allí, descansó. Por la mañana, trepó desde la cueva hasta arriba del todo del acantilado. En esa época, Menorca ya estaba en manos de cristianos y los árabes eran enemigos acérrimos, así que el pirata estaba en terreno peligroso. Para sobrevivir se dedicó a robar en las granjas cercanas aprovechando que la gente estaba trabajando en el campo. Así le fue bien durante un tiempo…

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