Europa

Una mañana en Múnich

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El último día del viajecito a Baviera teníamos programada una visita guiada por el centro de Múnich con la oficina de turismo de la ciudad. Nos acompañó Rubén, nuestro segundo gran anfitrión en Alemania, armado con una gran dosis de paciencia para recorrer la capital de Baviera nada menos que a las 9 de la mañana en un día festivo, con un frío que helaba los huesos pese a ser ya el mes de abril.

La oficina de turismo está en Marienplatz, la plaza del ayuntamiento, justo en el centro de la ciudad. Era tan temprano cuando llegamos, que casi no había puestas ni las calles y la plaza estaba muy solitaria. Poco después conocimos a Barbara, nuestra guía, y empezamos a pasear por el centro mientras aprendíamos sobre la historia y los monumentos principales de «München», como se llama en alemán.

Nuestra guía era una señora muy dicharachera y muy simpática, que hablaba muy bien el español y que hizo que la visita fuera muy amena. Para empezar, nos dio algunos datos generales sobre Múnich y nos contó el origen del nombre, relacionado, según la teoría más aceptada, con la cofradía de monjes que se instaló en ese lugar durante el medievo. Luego nos llevó a ver dos iglesias: la imponente catedral, o Frauenkirche, que estaba cerrada, y la iglesia más antigua de la ciudad, la «Alte Peter». Como era lunes de Pascua, en esta iglesia de San Pedro estaban en plena celebración. Entramos un momento y nos sorprendió lo que vimos. La música de violines y las voces del coro inundaban la iglesia y la luz del sol entraba por los ventanales, atravesando la bruma del incienso para iluminar el altar, donde el sacerdote estaba oficiando la misa. Barbara nos explicó que el párroco de esta iglesia fue famoso por su bondad, pero sobre todo por su terquedad a la hora de aplicar lo aprobado en el Concilio Vaticano II. Así que seguía celebrando las misas en latín y de espaldas a los feligreses. Sabíamos que Baviera era un bastión del catolicismo conservador y, patria, por ejemplo, del expapa Ratzinger, pero en los breves momentos que estuvimos en la Peterkirche pudimos comprobarlo con nuestros propios ojos.


Luego fuimos hacia la plaza del Viktualienmarkt, un mercado al aire libre muy famoso. Y curiosamente pasamos del catolicismo más estricto a la antigua religión pagana de la naturaleza. Esa mañana estaba todo cerrado y solitario, pero nos encantó escuchar la historia del Maibaum o árbol de mayo. Se trata de un tronco altísimo y decorado con los colores de la bandera de Baviera y los símbolos de todos los gremios medievales de la ciudad. Esta herencia de tiempos paganos, de cuando las tribus sajonas centroeuropeas levantaban árboles sagrados para celebrar sus rituales de la primavera y de la fertilidad, tal vez relacionados con el «irminsul», símbolo del dios Wotan, sigue viva hoy en las tradiciones actuales de las poblaciones bávaras. Hay unas reglas precisas para talar el árbol y transportarlo hasta el lugar donde se erigirá. Por ejemplo, en el rito original, el árbol solo se podía talar en la noche de Walpurgis.


Hoy en día, el árbol se tala semanas antes y la noche antes de plantarlo, es decir, la víspera del 1 de mayo, los jóvenes muniquenses deben velarlo y protegerlo de los jóvenes del pueblo de al lado, porque pueden ir a robarlo. ¿Que eso es imposible? No del todo, porque como esta velada es toda una fiesta con mucha cerveza, Barbara nos contó que justo el año pasado, un grupo de jóvenes de un pueblo cercano consiguieron «robar» el tronco aprovechando la borrachera de los muniquenses, lo que fue toda una vergüenza para los más folklóricos. Esta tradición de robarse unos a otros me hizo pensar en las antiguas tribus germánicas, siempre rivalizando entre ellas y me gustó comprobar que aún hoy queda algo de ellas en el folklore bávaro. Por cierto, los ladrones tienen que devolver el tronco, ¡pero a cambio de una buena comida y un barril de cerveza!


Seguimos andando y pasamos por delante de un restaurante-cervecería tradicional. Delante de la puerta había tres jóvenes músicos ataviados con el traje folklórico de Baviera: los pantalones de piel de ciervo con tirantes, camisa blanca, calcetines altos y el gorro con pluma. Iban a tocar en directo en el local y hacían tiempo afuera antes de la hora programada. Barbara nos recomendó el restaurante, así que al mediodía volvimos allí para almorzar.

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