Asia

Castaway Island experience. Náufragos en una isla desierta de las Maldivas.

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El día anterior había estado lleno de emociones fuertes, pero cada día nos esperaba una nueva aventura en las Maldivas. Y la de ese día se llamaba: «Castaway Island», la isla de los náufragos. Para empezar, nos dimos un buen desayuno en el restaurante Azzurro, que incluía huevos benedictinos sobre una rebanada de pan inglés con jamón y cuñas de patata.

Más tarde, hacia las once y media, salimos en lancha rápida en dirección norte. Hacía un día sin viento, y el océano a nuestro alrededor parecía más bien un lago o una piscina. Las leves ondulaciones del agua apenas podían llamarse olas. Al cabo de veinte minutos escasos, la lancha de doble motor aminoró la marcha e identificamos la isla donde nos iba a abandonar durante varias horas. Una isla muy pequeña y alargada, por suerte con bastantes palmeras donde refugiarse del sol. Alrededor solo había aguas turquesas cristalinas. De hecho, al entrar en el arrecife con mucho cuidado, desde la lancha podían verse perfectamente los peces de colores bajo la superficie del agua.

Una vez superado el arrecife, la lancha se acercó hasta la misma arena de la playa para poder bajar casi sin mojarnos. Los empleados del hotel descargaron una cesta de mimbre y tres cajas refrigeradoras. En la cesta había platos, cubiertos, servilletas, vasos, sal y pimienta. En una de las cajas había hielo y refrescos, en otra hielo y botellas de agua, y en la tercera cajas con el picnic. Luego, el bote y los empleados se marcharon y nos quedamos solos en la isla.

Estábamos solos. En el horizonte se divisaban varias otras islas pequeñas. El agua azul marino del océano se volvía cada vez más turquesa sobre el arrecife y finalmente azul muy claro junto a la playa. Como apenas soplaba el viento, las olas que llegaban a la arena blanca eran liliputienses. El paisaje era de ensueño. Era como estar viendo uno de esos pósters de una playa paradisíaca y de repente atravesar el muro invisible y estar allí, con los pies semienterrados en la arena de la orilla, golpeados sin fuerza por el agua.

Por desgracia, otros «náufragos» habían visitado la isla anteriormente y habían dejado varios deshechos desperdigados por toda la isla. Por ejemplo, en la sombra de las palmeras más cercanas encontramos restos de tapones de plástico. Y en la playa descubrimos suelas de chanclas que llevaban años allí abandonadas seguramente arrastradas por la corriente. La gestión de residuos en las Maldivas es desgraciadamente uno de los grandes retos de este país.

Pero volviendo al paisaje idílico: Lo primero que se nos ocurrió fue meternos en el agua cerca de la orilla, con sombrero, camisetas anti UV, crema factor 90 a cascoporro y gafas de sol, porque el sol en las Maldivas quema mucho. Hubo alguien, que ya estaba gamba total, que incluso se metió en el agua con su parasol. Nos dedicamos a flotar, a contemplar y a charlar. Se estaba de lujo. Cuando ya teníamos las manos muy arrugadas, salimos y nos tumbamos en las toallas a la sombra de las palmeras.

Más tarde fuimos a dar la vuelta a la isla, andando por la orilla de la playa. La isla era muy fotogénica, así que hicimos mil instantáneas. Cuando regresamos al punto de inicio, estábamos algo cansados del sol, así que nos sentamos en la sombra y estuvimos charlando un buen rato mientras tomábamos un refresco. Más tarde sacamos las cajas de picnic y comimos. Cada una contenía una pequeña ensalada de marisco, una pequeña ensalada de patatas, salmón ahumado y lechuga, y tres sándwiches: uno de tomate y queso, y dos de atún. De postre había pinchos de fruta y brownie de chocolate. Muy bueno todo.

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