América

Últimas horas en Lima

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El último día de un viaje siempre es un poco agridulce. Dos semanas se hacen muy cortas para viajar a Perú, pero en mi opinión siempre es mejor viajar poco tiempo que no hacerlo. La semana pasada, cuando escribí que Barranco se nos quedó pequeño, una lectora me dijo que al lado teníamos Miraflores y que podíamos haber ido, pero una de las cosas que tenía muy clara de este viaje es que pronto volveríamos a Perú y que la puerta de entrada al país seguirá siendo Lima, con lo que preferimos tomárnoslo con calma y saborear los pequeños momentos.

La mejor manera de acceder al centro de Lima desde Barranco es con el metropolitano. Es un autobús con carril propio y andenes, por lo que casi parece un tranvía o metro. Es muy rápido y dicen que es el medio más seguro. La seguridad es un tema que todo el mundo nos insistía en Lima, así que hicimos el típico recorrido por la capital: fuimos al centro, a la plaza de armas, y visitamos algunos museos como el gastronómico, que es muy nuevo y muy moderno, y el museo de la Inquisición. Nos bajamos una estación antes por error y un guardia, cuando nos vio consultar el mapa, nos advirtió que no nos desviáramos del camino de baldosas amarillas que llevaba al centro porque era peligroso, lo que nos sorprendió un poco.

Fuimos paseando tranquilamente hasta llegar a la calle comercial que desemboca en la plaza de armas, Jirón de la Unión, una calle muy animada llena de tiendas y puestos de comida. Luego estuvimos haciendo fotos a la plaza, con sus fachadas de estilo colonial, su palacio presidencial, el palacio arzobispal, la catedral y la bonita fuente de bronce. Luego fuimos al museo de la Inquisición. Después de hacer bastante cola, entramos gratuitamente y nos asignaron a una visita guiada en la que aprendimos sobre esta institución tan históricamente vergonzosa, y hasta recorrimos los restos de los túneles del antiguo calabozo.

Museo de la Inquisición

Más tarde, volvimos a la plaza y deambulamos un poco. Así descubrimos el museo de la gastronomía, en el que se hace un repaso a la historia de la cocina peruana y a lo mucho que tiene por ofrecer al mundo. Es un museo gratuito, muy moderno y muy ameno, donde se puede ver algo de la historia de la comida en Lima y, por ejemplo, la multitud de variedades de maíz que crecen en el país.

La Santa Cena comiendo cuy, en el Museo Gastronómico

Luego fuimos hasta el puente que cruza el río Rimac y desde ahí vimos el barrio pobre que se extiende más allá. Después buscamos un sitio donde comer y nos costó decidirnos, pero acabamos en una terraza del centro.

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