Europa

Día 6: Sevilla y reflexiones finales taperas

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El domingo fue nuestro último día de viaje. Esa mañana queríamos ir a visitar la Catedral, así que a las 9 y media nos plantamos en sus puertas, después de zamparnos los dos megapestiños de miel que nos compramos el día anterior. ¡Necesitábamos un desayuno hipercalórico para poder subir la Giralda! Nuestro chasco fue ver que la puerta de entrada estaba cerrada y en el cartel donde se anunciaban las horas de visita ponía que ese día no podríamos entrar hasta las 14:30. Lógico, ¡si había misa de domingo! Y nosotros no habíamos caído en ese detalle… Un turista americano se nos acercó y nos dijo que a él le habían dicho que se podría entrar a partir de las diez. Nosotros le comentamos lo que ponía en los horarios, pero igualmente esperamos hasta las 10, a ver qué pasaba. Y tal como nos había dicho el turista americano, pudimos entrar, pero sólo a la parte trasera de la catedral. Más de la mitad del recinto estaba cerrado a los turistas puesto que se estaba celebrando la misa, y efectivamente había que esperar hasta las 14:30 para poder hacer la visita. El problema era que a las 15:00 teníamos que estar en el hotel para recoger las maletas e ir a la estación. Así que elaboramos un plan, que consistía en comer pronto para estar puntualmente en la puerta de la catedral a las 2 y media.

Casa en la Santa Cruz

Por primera vez en unos días, hacía una mañana radiante. Nos acercamos al río para ver la Torre del Oro, que se reflejaba claramente en las aguas del Guadalquivir. Curiosamente, el Guadalquivir bajaba muy tranquilo, al contrario que en Córdoba. Cruzamos al otro lado del río para pasear por Triana. Me gustó el barrio, con sus balcones llenos de flores. ¡Cómo luce todo con un poco de sol! Pasamos por delante de la iglesia de Santa Ana, donde pudimos escuchar música en la misa. Me quedé con la duda de saber si se trataba de algún ensayo para la Semana Santa. Seguimos paseando hasta el puente de Isabel II. Al otro lado del río había un paseo bastante transitado aquel domingo por la mañana. Se notaba que los sevillanos tenían ganas de sol después de unos cuantos días de lluvia. Nos sentamos un rato para observar los piragüistas que entrenaban en el río y los pescadores. ¡Hacía un poco de calorcito, incluso!

Torre del Oro

Después del descanso subimos por la calle de los Reyes Católicos y entramos a la iglesia de la Magdalena a husmear antes de que empezara la misa de las 12. En la parte trasera estaba expuesto el paso de la cofradía, y tras el altar pudimos ver un retablo barroco fantástico. Salimos al inicio de la misa y fuimos a la Plaza Nueva, donde había un mercadillo. Nos quedamos mirando las paradas y estuve tentada de comprarme unos vasos de té morunos. ¡Eran tan bonitos!

Triana

Seguimos paseando y, sin darnos cuenta, acabamos otra vez en la Catedral y vimos que se estaba celebrando una boda en la capilla anexa y pudimos ver salir los novios en un coche de caballos. Luego nos metimos por una callejuela y fuimos a parar a la Plaza del Cabildo. La plaza es muy bonita, semicircular, y dentro había paradas de antigüedades, sellos y monedas de coleccionista. Pero lo que más nos gustó fue encontrar la tienda de dulces de convento «El Torno». Sin dudarlo, entramos a ver qué nos ofrecían. Preguntamos si tenían yemas y nos dijeron que sí. ¡Genial! No contaba con poder encontrarlas… A la 1 nos fuimos a comer a la Freiduría Puerta de la Carne, al lado del hotel, que precisamente nuestros amigos nos habían recomendado. Nos compramos un cartucho de pescado frito, chocos, gambas, croquetas y alitas de pollo. Estaba todo buenísimo, sobretodo el pescado marinado con vinagre y hierbas.

Después de comer, para esperar la hora de apertura de la Catedral, fuimos a pasear por los Jardines de Murillo, que curiosamente estaban cerrados el día anterior. Se estaba tan a gusto tomando el sol… A las 14:15 nos plantamos en la puerta de la Catedral, esperando que las puertas se abrieran puntualmente. Me sentía como si estuviese a las puertas de un concierto, porque ya había un grupo de turistas esperando ansiosamente la apertura de puertas. Tuvimos suerte y fueron muy puntuales a la hora de dejarnos entrar. Nos dirigimos directamente a la Giralda y subimos los 34 rellanos… ¡uf! ¡Suerte que habíamos comido! Arriba apenas había gente y se estaba la mar de bien, con el solecito y un poco de aire. La vista era genial, se podía ver el barrio de Santa Cruz y descubrimos algunas terrazas interesantes. También divisamos la isla de la Cartuja, la Maestranza y, muy al fondo, el puente del V Centenario. Nos hubiésemos quedado un ratito más, pero no teníamos tiempo.

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